Mientras los miraba un conejo

posteado por Mariano T. Rodríguez Ribas


Él llegó un poco antes, aunque estaba más lejos y fue caminando y no era su ciudad. Él llegó temprano, dio una vueltas, y reconoció el lugar. Ya había estado ahí antes, pero igual era lindo recorrerlo otra vez. Recibó un mensaje. Ella estaba llegando más tarde. Se metió en el bar, pidió una Guiness y como siempre (cuando pide una Guiness) esperó. Ya lo dice la publicidad de la cerveza: “Good things come for those who wait”. El ya había decidido dejar de lado la mala onda, el rencor y el dolor que lo había carcomido hace sólo dos meses en esa misma zona, en esa misma cuadra, en esos mismos adoquines. Ahora era todo distinto, él ya sabía que pensar, sabía que iba a decir. Habían pasado dos meses de tratar de entender, de arreglar y de sostener algo que no se entendía. O una parte había sido mentira, o la otra tenía algo de maldad pura y desconcertante. Peor el ya sabía que pensar y tenía resuelto desatar las cosas por el principio, relajarse y disfrutar, transformar lo negativo en positivo y sobre todo, dejarse llevar. Seguir al conejo como dicen algunos, en fin. Cuestión que el sabía lo que iba a decir, lo que iba a hacer dónde estaba y porqué. Hacerse cargo de algo que no debía ya no le importaba, simplemente por su salud mental necesitaba una charla adulta. Pero, lo que nadie sabía era lo que pasaba por la cabeza de ella. Todo tipo de ideas revoloteaban en el aire cual polillas alrededor de una bombita encendida.

Y llegó ella, y nadie sabía que pensaba. Con cara de cansada, abrigada de por demás ,teniendo en cuenta que había caminado una cuadra y media desde su casa para llegar al lugar. Murmuró un tibio, “Hola”, dejó sus cosas en la silla y se acercó a la barra para pedir algo. Nadie sabía que había pedido. Era tiempo de cerveza, vino, café, té?. Nadie sabía que pasaba por su cabeza.

Se sentó, se despeinó un poco como hacía siempre e increpó con un : “¿Y? , ¿Cuál es el plan? ¿Qué vas a hacer?”.
Un buen puntapié inicial para dar a entender que la charla no era muy buscada, sino más bien una tarea a cumplir, un quehacer y no un “querer hacer”. Pero bueno, entre las primeras palabras “desatanudos”, llegó su café y él se pidió otra Guiness, y esperó, como siempre hace cada vez que pide una Guiness.

Las polillas se fueron quemando con la lámpara y se fueon extinguiendo con algunas palabras que las quemaron enseguida. Otros bichos más molestos fueron apareciendo en forma de pequeñas mentiras y tergiversaciones de situaciones para emparchar algo que ya no existía. Pero son bichos molestos que están si se los mira, pero en el fondo ni siquiera hacen sombra y sólo hace falta dejarlos que se quemen solos.

Ella terminó su café y ya más relajada se pidió una copa de vino tinto, se cambió de lado de la mesa y expresó su cansancio con la vida de todas las formas posibles. Sus jóvenes años no se notaban en sus ojos sino que más bien se veía la desazón de aquel que no encuentra el rumbo, como un personaje foráneo que se pierde en el medio de una ciudad desconocida y mira los carteles de las calles reconociendo los nombres pero sin saber en qué dirección está el lugar al que quiere ir, cuando en realidad el problema es que no sabe donde quiere ir.

Pero él ya había tenido tiempo para pensar su rumbo. Había golpeado muy duro y no le había quedado otra que agarrar un mapa y reubicarse. Redibujar cada paso y caminar de nuevo. Él sabía que pensar y ya no estaba más al lado de ella. Ella lo había decidido antes que el y el no había podido hacer nada para cambiar su idea. Y siguieron hablando hasta que lo crêps estuvieron listos y ella tuvo que irse y aunque ella lo invitó a el a comer “porque estoy bien con vos”, el supo decir que no. Y no por hacerse el duro, y no porque no hubiera querido, sino que Rue Rollin 19 ya tenía otro significado. Resignificar París, e incluso Francia, puede ser una tarea difícil, pero resignificar Rue Rollin 19 es casi imposible. Y más aún en estas circunstancias. Y con toda la fuerza que un “No gracias” significa, logró balbucear las palabras con cierta firmeza acompañada de una sonrisa de por medio que dieron a entender claramente su postura.

Y abrieron la puerta del bar, y dejaron dos pintas de Guiness, una taza de café y una copa de vino vacíos, en una mesa que también quedó vacía y pronto sería ocupada por otros.

Esta noche él sabe que pensar, sabe que va a dormir mejor que los últimos dos meses, sabe que va a decir mañana, si es necesario decir algo. De ella nadie lo sabe, o al menos solamente ella.

A él le sigue gustando como suena el eco de los tacos de una mujer en las callecitas de París, y no lo puede negar.

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