Me miró otra vez...

posteado por Mariano T. Rodríguez Ribas
Habían pasado poco más de 5 años desde la última vez que nos vimos. Había sido en España. Recostada en su cama de sábanas blancas y tupidos almohadones simplemente se había quedado mirándome. Desnuda, con su blanca piel y la mirada clavada en mis ojos. Recuerdo que la luz de la ventana iluminaba todo su cuerpo, que se exponía sin pudor y una pequeña sonrisa se dibujaba como una mueca, expresión de ternura, deseo, timidez y sobre todo, inocencia. Su lampiña figura posaba para mi mientras la abandonaba entre la multitud.

Esta vez me tomó por sorpresa, su versión vestida ya no estaba a su lado, y extrañamente el paso de los años no se notaba en toda su figura. Seguro que a mi sí, pero ella no se esforzó en demostrarlo. Me miró como si el momento fuera el mismo, exactamente con la misma mueca en sus labios, con la misma desnudez de su mirada, con su pelo enrulado en el mismo sentido y con las mismas sábanas blancas que en algún momento deben haberla sabido cubrir.

Esta vez estábamos en Francia y por más que el idioma era distinto, clavó su mirada en mis ojos, sorprendiéndome. Sus pupilas no latieron como expresión de sorpresa. “No esperaba verte acá”, pensé. Y ella no expresó palabra, se quedó impávida, inmóvil, blanca e iluminada en su total desnudo, colgada de una pared, como la última vez que nos vimos. Y me miró y la dejé ahí abandonada, como hice la última vez. “Me volviste a intimidar”, pensé.

Pensando en cosas serias

posteado por Mariano T. Rodríguez Ribas
No sé cuantos años tenía yo. Me acuerdo que era bastante niño, lo suficientemente niño como para sentarme a almorzar en "la mesa de los chicos" y ser relegado de compartir las charlas de "los mayores".

Era invierno, y estábamos en un centro de ski. Como solía suceder generalmente en estas situaciones, las vacaciones de invierno eran la mejor excusa para que los padres puedan escapar de la ciudad, y juntándose con amigos, lograr que sus hijos, adolescentes y no tanto, quemen las energías características de la edad. Con esa excusa nos encontrábamos todos en un centro de ski, pleno almuerzo, caras rojas de sol, manos heladas de nieve, pilas de camperas por todos lados, guantes, bufandas y mucha manteca de cacao para los labios.

La mesa de los grandes estaba conformada por un gran número de padres jóvenes, tal vez 4 ó 5 parejas que promediaba los 43 años y la mesa de "los chicos" con todo el producto de tanto amor entre esas parejas. Niños y niñas de todas las edades disfrutando del ketchup y las papa-fritas, alardeando de los bien que esquiaban y organizando una carrera para después del almuerzo.

Sentado en la mesa de los niños como correspondía, me di vuelta para preguntarle alguna pavada a mi padre cuando vi que todos observaban atentamente a uno de los comensales de esa mesa. No recuerdo quién era exactamente pero nunca pude olvidar sus frases. Sentado con una polera negra hasta el cuello, muy seriamente, increpó a todos los de la mesa con mucha sonrisa pero un dejo de tono a penitencia y reto: "Uds. los de Buenos Aires, se la pasan hablando de cosas serias todo el tiempo. La economía, la crisis, la inseguridad, el precio de la nafta, lo que sea. Pero siempre hablando de cosas serias. A mi me encantaría hablar de si tal o cual marca de anteojos es mejor porque te tapa las patas de gallo. Hablar de pavadas, pero de cosas que te importan en serio también". Todos se quedaron callados y alguien siguió la charla dejando de lado el tono de profundidad a su comentario.

Ya pasó bastante tiempo, ya no me siento más en la mesa de "los chicos" aunque muchas veces me gustaría seguir ahí, hacer guerra de pan y organizar carreras de ski. Pero me encuentro sentado hablando mucho de cosas serias. No digo que esté mal, pero ya estoy empezando a tener arrugas en los ojos. ¿Alguien sabe que marca de anteojos me las tapa más?

Mientras los miraba un conejo

posteado por Mariano T. Rodríguez Ribas


Él llegó un poco antes, aunque estaba más lejos y fue caminando y no era su ciudad. Él llegó temprano, dio una vueltas, y reconoció el lugar. Ya había estado ahí antes, pero igual era lindo recorrerlo otra vez. Recibó un mensaje. Ella estaba llegando más tarde. Se metió en el bar, pidió una Guiness y como siempre (cuando pide una Guiness) esperó. Ya lo dice la publicidad de la cerveza: “Good things come for those who wait”. El ya había decidido dejar de lado la mala onda, el rencor y el dolor que lo había carcomido hace sólo dos meses en esa misma zona, en esa misma cuadra, en esos mismos adoquines. Ahora era todo distinto, él ya sabía que pensar, sabía que iba a decir. Habían pasado dos meses de tratar de entender, de arreglar y de sostener algo que no se entendía. O una parte había sido mentira, o la otra tenía algo de maldad pura y desconcertante. Peor el ya sabía que pensar y tenía resuelto desatar las cosas por el principio, relajarse y disfrutar, transformar lo negativo en positivo y sobre todo, dejarse llevar. Seguir al conejo como dicen algunos, en fin. Cuestión que el sabía lo que iba a decir, lo que iba a hacer dónde estaba y porqué. Hacerse cargo de algo que no debía ya no le importaba, simplemente por su salud mental necesitaba una charla adulta. Pero, lo que nadie sabía era lo que pasaba por la cabeza de ella. Todo tipo de ideas revoloteaban en el aire cual polillas alrededor de una bombita encendida.

Y llegó ella, y nadie sabía que pensaba. Con cara de cansada, abrigada de por demás ,teniendo en cuenta que había caminado una cuadra y media desde su casa para llegar al lugar. Murmuró un tibio, “Hola”, dejó sus cosas en la silla y se acercó a la barra para pedir algo. Nadie sabía que había pedido. Era tiempo de cerveza, vino, café, té?. Nadie sabía que pasaba por su cabeza.

Se sentó, se despeinó un poco como hacía siempre e increpó con un : “¿Y? , ¿Cuál es el plan? ¿Qué vas a hacer?”.
Un buen puntapié inicial para dar a entender que la charla no era muy buscada, sino más bien una tarea a cumplir, un quehacer y no un “querer hacer”. Pero bueno, entre las primeras palabras “desatanudos”, llegó su café y él se pidió otra Guiness, y esperó, como siempre hace cada vez que pide una Guiness.

Las polillas se fueron quemando con la lámpara y se fueon extinguiendo con algunas palabras que las quemaron enseguida. Otros bichos más molestos fueron apareciendo en forma de pequeñas mentiras y tergiversaciones de situaciones para emparchar algo que ya no existía. Pero son bichos molestos que están si se los mira, pero en el fondo ni siquiera hacen sombra y sólo hace falta dejarlos que se quemen solos.

Ella terminó su café y ya más relajada se pidió una copa de vino tinto, se cambió de lado de la mesa y expresó su cansancio con la vida de todas las formas posibles. Sus jóvenes años no se notaban en sus ojos sino que más bien se veía la desazón de aquel que no encuentra el rumbo, como un personaje foráneo que se pierde en el medio de una ciudad desconocida y mira los carteles de las calles reconociendo los nombres pero sin saber en qué dirección está el lugar al que quiere ir, cuando en realidad el problema es que no sabe donde quiere ir.

Pero él ya había tenido tiempo para pensar su rumbo. Había golpeado muy duro y no le había quedado otra que agarrar un mapa y reubicarse. Redibujar cada paso y caminar de nuevo. Él sabía que pensar y ya no estaba más al lado de ella. Ella lo había decidido antes que el y el no había podido hacer nada para cambiar su idea. Y siguieron hablando hasta que lo crêps estuvieron listos y ella tuvo que irse y aunque ella lo invitó a el a comer “porque estoy bien con vos”, el supo decir que no. Y no por hacerse el duro, y no porque no hubiera querido, sino que Rue Rollin 19 ya tenía otro significado. Resignificar París, e incluso Francia, puede ser una tarea difícil, pero resignificar Rue Rollin 19 es casi imposible. Y más aún en estas circunstancias. Y con toda la fuerza que un “No gracias” significa, logró balbucear las palabras con cierta firmeza acompañada de una sonrisa de por medio que dieron a entender claramente su postura.

Y abrieron la puerta del bar, y dejaron dos pintas de Guiness, una taza de café y una copa de vino vacíos, en una mesa que también quedó vacía y pronto sería ocupada por otros.

Esta noche él sabe que pensar, sabe que va a dormir mejor que los últimos dos meses, sabe que va a decir mañana, si es necesario decir algo. De ella nadie lo sabe, o al menos solamente ella.

A él le sigue gustando como suena el eco de los tacos de una mujer en las callecitas de París, y no lo puede negar.

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